¿Son más sostenibles las marcas de bebidas sin alcohol que las alcohólicas?
La sostenibilidad es uno de los argumentos de posicionamiento más frecuentes en el marketing de bebidas sin alcohol: sin destilación alcohólica, sin fermentación larga, sin necesidad de grandes volúmenes de agua para la producción de alcohol. Pero la realidad es más matizada: algunas bebidas NA tienen una huella de carbono y agua significativamente menor que sus equivalentes alcohólicas; otras, no tanto. La comparación honesta requiere analizar el ciclo de vida completo del producto.
El dato que sorprende a casi todos: la producción de una botella de vino convencional de 750ml requiere en promedio entre 600 y 960 litros de agua (según el origen y las prácticas del viñedo) y genera entre 1,2 y 2,8 kg de CO2 equivalente. Una botella de vino sin alcohol del mismo volumen, producida mediante desalcoholización de vino base, requiere en principio menos energía que una destilación, pero añade el proceso de eliminación de alcohol (columna de destilación al vacío u ósmosis inversa) que tiene su propio consumo energético. El balance neto: una botella de vino NA bien producida tiene entre un 30 y un 45% menos huella de carbono que su equivalente alcohólico —un ahorro real pero que muchos productores exageran en su comunicación. Los verdaderos campeones de sostenibilidad en el universo NA son las bebidas fermentadas locales (kombuchas, kéfires de agua) que usan ingredientes de proximidad, envases reutilizables y procesos energéticamente eficientes. El fenómeno refill NA —bares y tiendas donde puedes rellenar tu propio recipiente con kombucha o agua saborizada a granel— ha pasado de ser una rareza de Berlín y Ámsterdam a estar presente en Bruselas, Gante y varias ciudades belgas.
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